Vasco Núñez de Balboa cruza el istmo de Panamá y descubre el océano Pacífico

Vasco Núñez de Balboa cruza el istmo de Panamá y descubre el océano Pacífico

Nacido hacia 1475 en Jerez de los Caballeros, en la austera Extremadura castellana, Vasco Núñez de Balboa fue uno más de tantos hidalgos de linaje noble pero sin fortuna. Como tantos otros, partió hacia las Indias buscando una oportunidad. Tras enrolarse en expediciones costeras y probar suerte criando cerdos en La Española —sin éxito y con muchas deudas—, acabó embarcado como polizón rumbo al continente en 1510, oculto en un tonel y acompañado por su fiel perro Leoncico.

En las tierras salvajes del Darién, en la actual frontera entre Colombia y Panamá, Balboa fundó junto a otros aventureros la ciudad de Santa María la Antigua, primera población estable en el continente americano. Fue nombrado alcalde y luego gobernador, y demostró tener un talento especial para la diplomacia con los pueblos indígenas, el liderazgo militar y la organización.

Entre rumores de un gran mar hacia el sur, y de tierras ricas en oro y perlas, decidió comprobar por sí mismo si aquellas leyendas eran ciertas. Así comenzó una hazaña sin igual, que marcaría para siempre la historia de América.

La marcha hacia lo desconocido

Corría el mes de septiembre de 1513. Balboa, convencido de la existencia de un mar al otro lado del istmo, organizó una expedición compuesta por 190 hombres, acompañados por indígenas aliados, guías y naboríes. Partieron desde el puerto de Careta, cerca de Santa María, internándose en la espesura implacable del trópico.

La columna se movía lentamente, entre lluvias torrenciales, selva cerrada, ciénagas y montañas abruptas. Transportaban arcabuces, espadas, ballestas, perros adiestrados y hasta caballos, pero también víveres, hachas, herramientas, imágenes religiosas y banderas de Castilla.

Durante los primeros días cruzaron territorios amigos, como los del cacique Fernando Careta. Luego llegaron a las tierras de Ponca, cuyo señor, tras resistirse inicialmente, ofreció víveres y guías. Siguieron por un terreno cada vez más escarpado hasta topar con el cacique Torecha de Quareca, que sí presentó batalla. Tras una lucha breve —y desigual por la superioridad del armamento español—, los indígenas huyeron, y los hombres de Balboa acamparon allí varios días.

Vasco Núñez de Balboa cruza el istmo de Panamá y descubre el océano Pacífico

Fue entonces cuando se les señaló una cima desde la que, según los guías, se divisaba la gran mar.

Balboa ordenó al grupo detenerse. Quería ser el primero.

El descubrimiento

La mañana del 25 de septiembre de 1513, Vasco Núñez de Balboa emprendió solo el ascenso final. Ataviado con su armadura, la espada al cinto y el estandarte de Castilla en la mano subió por la ladera empapada de lluvia hasta alcanzar la cumbre. Allí, en medio del silencio y la niebla, vio por primera vez el océano Pacífico.

Contuvo el aliento. A sus pies se extendía un mar inmenso, sereno, deslumbrante. Su primer gesto fue arrodillarse y dar gracias a Dios. Luego, alzando su espada, tomó posesión del nuevo mar en nombre de los Reyes de Castilla, como dictaba el ritual.

Sus hombres lo alcanzaron poco después. Habían cruzado el istmo en apenas cuatro semanas, un récord considerando las condiciones, y sin perder un solo soldado. Pasaron la noche acampados y comenzaron el descenso hacia la costa.

El 29 de septiembre, día de San Miguel, llegaron a una ensenada del golfo de San Miguel. Balboa esperó a que subiera la marea y, envuelto en su armadura, se internó solemnemente en las aguas hasta las rodillas, blandiendo el estandarte.

—¡En nombre de Dios y de los Reyes Católicos, tomo posesión de estas aguas y todas las tierras bañadas por ellas!

Las crónicas dicen que sus compañeros estallaron en vítores. Leoncico, su perro, ladraba con fuerza, luciendo un collar de oro.

Más allá del mar: perlas y promesas

No se detuvo allí. En los días siguientes, Balboa exploró las tierras cercanas al Pacífico. Visitaron los poblados de Chapé, Cuquera y Tumaco, donde encontraron oro, perlas y esclavos. Fue entonces cuando oyeron hablar de unas islas en el mar del sur: las Islas de las Perlas.

Con ayuda de guías indígenas, se embarcaron en canoas y llegaron hasta la isla que bautizó como Isla Rica (actual Isla del Rey en el Archipiélago de las Perlas), donde vieron pescadores de ostras con remos incrustados de perlas. Hicieron varias actas de posesión, recogieron testimonios y botín, y emprendieron el regreso por una ruta distinta para descubrir nuevas tierras.

El trayecto de vuelta fue duro: fiebres, lluvias, hambre y un Balboa enfermo, transportado en parihuelas. Sin embargo, el 4 de enero de 1514, la expedición llegó de nuevo a Santa María con más de 2.000 pesos de oro y perlas y un conocimiento nuevo del continente. Y sobre todo, con una verdad histórica: América tenía dos océanos, y Balboa había sido el primero en verlos desde tierra firme.

Una sombra sobre el horizonte

Pero la gloria no siempre protege a sus dueños. Años después, en 1514, el rey Fernando envió a Pedro Arias de Ávila (Pedrarias) como nuevo gobernador del Darién. Viejo, desconfiado y celoso de la fama de Balboa, Pedrarias desconfió desde el primer momento de su yerno político —porque acabó dándole en matrimonio a su hija María, como acto de diplomacia—.

Aunque el rey lo nombró adelantado del Mar del Sur y gobernador de las provincias de Panamá y Coiba, Balboa no pudo ejercer. Pedrarias lo aisló, le negó recursos y lo mantuvo bajo vigilancia. Cuando Balboa intentó organizar una nueva expedición para explorar el sur del Pacífico —quizá incluso hacia las tierras del futuro Perú—, el gobernador urdió una trampa.

Acusado de traición y usurpación, Balboa fue detenido en 1518. Durante semanas, permaneció preso en una jaula de madera, bajo la vigilancia directa de su suegro. Un juicio amañado y sin posibilidad de apelación lo condenó a muerte.

Un día entre el 13 y el 21 de enero de 1519, en la plaza de Acla, fue decapitado junto con sus más fieles colaboradores. Ningún vecino osó defenderlo. El verdugo alzó su cabeza al pueblo mientras el pregonero gritaba: «Esta es la justicia que manda el rey Nuestro Señor…».

El legado

Vasco Núñez de Balboa murió como vivió: con dignidad, coraje y visión, traicionado por la mezquindad de su tiempo. Descubridor del océano más vasto del planeta, nunca supo que ese mar se llamaría Pacífico, ni que su ruta marcaría el inicio de nuevas epopeyas, como la circunnavegación de Magallanes-Elcano, ese mismo año.

Su figura es símbolo de una conquista donde convivieron la ambición, la diplomacia y la tragedia. Un pionero, un colonizador diferente, que prefirió alianzas a masacres y que soñó con unir dos mundos mirando al horizonte.

Desde aquella cima, su mirada aún sigue buscando lo desconocido.

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