La Santa Hermandad en Hispanoamérica
Cuando la noche tenía dueño
En los antiguos caminos que unían México con Veracruz, cuando aún no existían diligencias ni guardias reales que garantizaran la seguridad, la noche era dominada por una variedad de figuras: salteadores, bandidos, muleros desesperados, indígenas sublevados y viajeros temerosos que rezaban mientras avanzaban por la oscuridad. En este escenario, destacaba un grupo singular: hombres vestidos de paño tosco y armados con lanzas, conocidos oficialmente como la Santa Hermandad. El pueblo los apodaba “los verdes” debido al color de sus ropas teñidas con hierbas locales. No era frecuente verlos, pero su sola mención evocaba seguridad, ya que su fama como guardianes de los caminos los precedía.
La patrulla de México (1574)
En 1574, según el escribano del cabildo, la Santa Hermandad de la Ciudad de México contaba con treinta y tres hombres bajo el mando del capitán Hernando de Ávila. Su misión consistía en patrullar la ruta de Chalco a Texcoco, persiguiendo a los salteadores que amenazaban la región. Entre los miembros del grupo sobresalía un mestizo apodado el Zorrito de Chalco, conocido por su destreza. Una noche húmeda y bajo la luz de las luciérnagas, la Hermandad, guiada por un indígena que detectó huellas recientes, se aproximó silenciosamente hasta un claro del bosque. Allí, el Zorrito, al ver las lanzas verdes y negras, optó por entregarse pacíficamente. Aunque la captura se anotó brevemente en los registros oficiales, para los arrieros supuso una fiesta, pues representó la recuperación de la seguridad en los caminos.
Los rastreadores del barro (1605)
En 1605, tres frailes agustinos fueron asaltados mientras viajaban hacia Tiripetío, Michoacán, por un grupo de salteadores indígenas. Atados y despojados de sus pertenencias, los religiosos fueron llevados hacia un barranco. En ese momento, el sonido de cascos anunció la llegada de la Santa Hermandad de Valladolid, liderada por el capitán Pedro Hernández. Con habilidad, Hernández y su cuadrilla rastrearon las huellas hasta un arroyo, provocando la huida de los bandidos y liberando a los frailes. En agradecimiento, los agustinos obsequiaron al capitán una capa negra de paño fino, que se convirtió en símbolo de liderazgo dentro de la Hermandad. Fray Diego de Basalenque narró el episodio, subrayando la capacidad de la Hermandad para leer las huellas como si fueran letras escritas.
El caballo sin dueño (1642)
En 1642, cerca de Puebla, se propagó el rumor de un misterioso caballo blanco que recorría el camino de Tepeaca atacando a los viajeros. Algunos lo consideraban un espíritu o un demonio, y se decía que relinchaba en una lengua extraña. Ante las quejas, el cabildo pidió la intervención de la Santa Hermandad. Durante la noche, la cuadrilla siguió el rastro del animal hasta descubrir que el supuesto "fantasma" era un caballo adiestrado por un bandido, quien lo manejaba con cuerdas ocultas mientras robaba a los viajeros. El ladrón fue desenmascarado cuando el propio caballo, confuso, lo derribó, quedando registrado el caso en el Archivo General de la Nación.
Una institución pequeña, pero decisiva
La Santa Hermandad nunca fue un cuerpo numeroso ni bien remunerado. En México, el grupo solía estar formado por entre treinta y cuarenta hombres, mientras que en las zonas mineras apenas llegaban a una docena y en los pueblos raramente superaban los diez. A pesar de su tamaño, su labor fue fundamental, transformando caminos inseguros en rutas seguras y transitables. No eran soldados al servicio directo del rey, sino vecinos organizados por los cabildos, conocedores del terreno y de los peligros nocturnos. Con la llegada del siglo XVIII, la Hermandad fue reemplazada por milicias y cuerpos modernos, pero en la memoria popular quedó como el grupo que patrulló los caminos cuando nadie más se atrevía.
Epílogo
La historia suele destacar las gestas de grandes ejércitos, pero en muchas ocasiones son pequeños grupos los que dejan huella. La Santa Hermandad fue una de esas instituciones modestas: sombras armadas de lanzas que velaron por la seguridad de un imperio aún en formación y cuya memoria perdura como ejemplo de valentía y compromiso con la comunidad.
Ámbitos de actuación de la Santa Hermandad
- Nueva España (México): Fue el territorio donde la Hermandad tuvo más actividad, destacando por su papel en el control de los caminos entre Ciudad de México, Puebla, Veracruz y Oaxaca, así como en zonas mineras como Zacatecas o Guanajuato. Su función principal era la represión de bandidos conocidos como salteadores de caminos. En el siglo XVII, se consolidó como una fuerza relevante para mantener el orden en las áreas rurales del altiplano.
- Virreinato del Perú: La Hermandad funcionó en áreas agrícolas y mineras, aunque de forma menos estructurada que en México.
- Nueva Granada (actual Colombia y Venezuela): Existieron hermandades locales en ciudades como Santafé, Tunja o Caracas, aunque su presencia fue más limitada.
- Río de la Plata (actual Argentina): La Hermandad fue débil en esta región, ya que el orden público recaía principalmente en milicias locales o alcaldes de la campaña.
Composición y organización
Los miembros de la Santa Hermandad podían ser vecinos armados que actuaban como milicia civil, oficiales pagados por el cabildo o indígenas aliados en zonas de frontera. Se organizaban en cuadrillas lideradas por capitanes, con alguaciles y escribanos que registraban sus acciones.
Declive y desaparición
A partir de finales del siglo XVII y especialmente durante el XVIII, la Santa Hermandad perdió relevancia. El asentamiento de la población, el mejor control militar y administrativo, y la creación de cuerpos más modernos como las milicias provinciales, los dragones de cuera en el norte de Nueva España y las guardias virreinales, marcaron su obsolescencia. Finalmente, la institución desapareció formalmente con las reformas borbónicas. Tras la independencia, ninguna república americana la mantuvo, aunque su espíritu sobrevivió parcialmente en algunas fuerzas rurales, como las guardias rurales mexicanas del siglo XIX.