Américo Vespucio, Alonso de Ojeda y Juan de la Cosa exploran la costa de Venezuela y Brasil
Las velas ondeaban como alas listas para levantar el vuelo, mientras las carabelas crujían impacientes en el muelle. Un murmullo se elevaba entre los marineros, mezcla de nerviosismo y promesa: iban hacia lo desconocido.
En la cubierta de la nave capitana, un hombre de paso firme y mirada desafiante observaba el horizonte. Era Alonso de Ojeda, veterano de guerras y expediciones, el mismo que había cabalgado en Granada y dominado en La Española. A su lado, con una expresión más calculadora y un cuaderno siempre a mano, se encontraba el florentino Américo Vespucio, mercader, observador, escritor. Cerraba la tríada el sabio y curtido Juan de la Cosa, cartógrafo de mares infinitos, que ya había trazado rutas con el mismísimo Colón.
Ese día zarpaban no bajo la bandera de ningún almirante, sino por voluntad propia, desafiando el monopolio de Colón. Tenían permiso real, hambre de descubrimientos y el viento de su parte.
Tras dejar atrás las Canarias y Cabo Verde, Ojeda ordenó virar hacia el suroeste. El océano parecía estirarse sin fin. El calor, inmenso. El silencio de los marineros, denso como niebla. No sabían si encontrarían tierra o sólo leyendas.
Y entonces, apareció. Primero como una línea verde difusa, luego como selva vibrante: la costa de la actual Guayana. Gritos de júbilo, manos alzadas, oraciones. Habían tocado tierra firme.
Un nuevo continente
La tripulación se adentró en canoas, cruzando ríos donde el agua dulce luchaba con el mar. Allí, en un punto que luego supieron era el Orinoco, Vespucio bebió del agua y alzó las cejas: “¡Esto no es isla!”, murmuró. “Esto es continente”.
Era el primer europeo en sospecharlo con certeza. El Nuevo Mundo acababa de nacer.
Costearon hacia el oeste. El calor apretaba, pero la costa no dejaba de asombrarlos. Selvas impenetrables, aves de colores imposibles, pueblos indígenas que los miraban con mezcla de temor y orgullo. En cada puerto improvisado, los cronistas improvisaban palabras nuevas para lo que no sabían nombrar: frutas como el mamey, animales como el jaguar, ritos que desafiaban toda lógica europea.
El 24 de agosto, llegaron a una enorme laguna: el lago de Maracaibo. Desde la cubierta, Vespucio señaló unas construcciones sobre el agua: casas sostenidas por largos troncos. Palafitos. Un pueblo entero flotaba. “¡Como Venecia!”, exclamó.
Ojeda sonrió. “La llamaremos Venezuela”.
«Era ya mediados del mes de agosto cuando, remontando el cabo de San Román, entró el bravo navegante con su propia flota en un ancho golfo, donde había una ciudad de bohíos sobre espigones instalados en la playa. Al verla Juan de la Cosa, dijo que parecía una pequeña Venecia sin palacios ni piedras blancas, a lo que contestó Ojeda: “Si como Venecia es y una pequeña Venecia, a mi fe que la llamaré Venezuela.”»
Encuentros, conflictos y descubrimientos
Pero no todo era maravilla. En la península de La Guajira, los indígenas atacaron con flechas envenenadas. Una alcanzó el escudo de Ojeda, quien la arrancó con rabia. A partir de entonces, la desconfianza creció. Capturaron a varios nativos, algunos para obtener información, otros para comerciar con ellos al regreso.
En uno de esos pueblos, según narró Vespucio, vieron prácticas de canibalismo ritual. El relato recorrió Europa como un reguero de pólvora. América se volvía aún más misteriosa y temida.
La expedición llegó a La Española a principios de septiembre. Allí, los hombres de Colón los recibieron con recelo. ¿Quiénes eran esos intrusos? ¿Qué traían? ¿Por qué sus mapas no pasaban por el Almirante?
El mapa de Juan de la Cosa
No hubo tiempo para disputas. Ojeda decidió volver a España. Y al llegar, Juan de la Cosa trazó el primer mapa del mundo conocido que mostraba claramente el continente americano. Una revolución silenciosa en tinta y pergamino.

Mientras tanto, las cartas de Vespucio circulaban con rapidez. Hablaba de constelaciones nuevas, de ríos desbordados, de un mundo no descrito por Ptolomeo. Un mundo distinto, completo, real.
El legado de Alonso de Ojeda
Alonso de Ojeda siguió viajando. Fundó Santa Cruz en 1502, San Sebastián de Urabá en 1510. Sobrevivió a naufragios, a piratas, a traiciones. Fue herido, apresado, liberado. Fundó, gobernó, combatió. Nunca se rindió.
Murió en 1515, pobre, en un monasterio de Santo Domingo. Su última voluntad fue que lo enterraran bajo la puerta del templo, para que los pies de los fieles lo pisaran en señal de humildad.
A su lado, Guaricha Isabel, su esposa indígena, quiso ser enterrada con él. Fue el primer matrimonio legal entre un español y una mujer americana.
Y aunque la historia lo ha olvidado en parte, su legado es inmenso. Porque fue él quien, sin saberlo, dio nombre a un país. Un nombre nacido de la aventura, de la mirada asombrada de un navegante: Venezuela.